AFTER HOUR: La película más creativa pero menos conocida de Martin Scorsese.

En 1985, Martin Scorsese se tomó un respiro de los gánsteres y los excesos para filmar una comedia negra tan singular que muchos aún no saben dónde colocarla. After Hours nació entre frustración y libertad: un proyecto pequeño, filmado con un presupuesto modesto, que le devolvió al director el impulso artístico que había perdido tras el fracaso de The King of Comedy. Lo que surgió fue una joya delirante, claustrofóbica y cómicamente pesadillesca sobre una sola noche en Manhattan.

El protagonista, Paul Hackett —interpretado por Griffin Dunne—, es un oficinista común que conoce a una mujer en un café y decide aventurarse al Soho. Lo que debería ser una cita inocente se convierte en una odisea absurda. Pierde su dinero, su cordura y, poco a poco, cualquier posibilidad de regresar a casa. A medida que la noche avanza, la ciudad se transforma en un laberinto de personajes excéntricos, coincidencias imposibles y malentendidos que rozan lo surreal. Cada paso lo hunde más en una trama que se retuerce entre la comedia y el horror cotidiano.

Scorsese filma con una energía casi punk: cámara en mano, travellings frenéticos y luces que parecen parpadear al ritmo de la ansiedad. En lugar de gánsteres o santos caídos, hay camareras paranoicas, escultoras que moldean maniquíes humanos, ladrones melancólicos y vecinas que parecen salidas de un sueño febril. Todo brilla y amenaza al mismo tiempo. After Hours es una fábula sobre la alienación urbana, pero disfrazada de pesadilla cómica.

El guion, escrito por Joseph Minion, encierra la esencia kafkiana del hombre atrapado por un sistema que no entiende. Aquí, el sistema es la propia noche: caprichosa, absurda y sin salida. Scorsese transforma Nueva York en un organismo vivo, que devora y se ríe de quien intenta descifrarlo. Dunne, con su expresión de incredulidad permanente, se convierte en el rostro perfecto de la impotencia moderna: alguien que no sabe si reír o gritar.

La película, ignorada en su momento por el gran público, ganó el premio a Mejor Director en Cannes y con el tiempo se volvió una pieza de culto. Es Scorsese en su versión más libre y experimental: sin estrellas, sin pretensiones, sin moralinas. Solo una cámara, una ciudad y un hombre que intenta sobrevivir a la noche más larga de su vida.

After Hours es, quizá, la mejor prueba de que incluso los directores más grandes necesitan perderse para reencontrar su voz. En su rareza reside su encanto; en su caos, su perfección. Es la película que demuestra que Scorsese, incluso sin gánsteres, sigue sabiendo cómo filmar el infierno.

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